30 de mayo de 2016

Lo siento


Cuando alguien sufre una desgracia —véase el fallecimiento de un ser querido o la pérdida de un puesto de trabajo— allegados y conocidos suelen mostrar su solidaridad con un sincero “lo siento”. Reconozco que a mí siempre me ha costado utilizar esa fórmula y la pronuncio con la boca pequeña, más hacia adentro que hacia fuera, porque siento que miento. Me compadezco del desgraciado, claro, pero mi dolor, si es que existe, está a años luz del que puede estar experimentando la persona directamente afectada. En definitiva, pienso que mi “lo siento” es más falso que un bolso de Louis Vuitton comprado en los pasillos del metro.

Desde la medianoche del pasado sábado he recibido un buen número de condolencias de gente que me conoce (e incluso me quiere) diciéndome “lo siento”. Sienten que mi equipo haya perdido un partido de fútbol o, mejor dicho, una tanda de penaltis. Ya ves tú, con la cantidad de desgracias que suceden en el mundo hay gente que se acuerda de uno de los 20.000 pobres diablos rojiblancos que viajaron hasta Milán para ver a su equipo de fútbol quedarse a las puertas de la gloria.

Muchos de esos “lo siento” proceden de seguidores del rival, del que no falló ningún penalti el sábado y alzó la copa con todo merecimiento. De algunos de ellos no dudo; sé que viven las victorias y las derrotas de su equipo de una manera parecida a la mía —muchos estaban en San Siro, en la grada de enfrente, la de los asientes verdes— y saben bien cuánto se jugaban unos y cuánto más los otros. También se acuerdan de este perdedor vencedores que no estaban allí, pero que seguro se habrían dejado amputar unos cuantos dedos por haber estado. Para todos ellos ha ido mi enhorabuena, que, aquí confieso, es más cortés que sincera.

Curiosamente, estos colegas de pasión con diferente camiseta son bastante parcos en palabras y no acompañan su “lo siento” de frases ajadas como “el fútbol es así” o “ya os tocará”, ni afirman que, por una vez, no les habría importado ver arder a su equipo en el infierno para que el Atleti hubiera ascendido al cielo milanés. A los que me dicen este tipo de cosas no les respondo nada porque nada se me ocurre. Supongo que a ellos sí les aliviará escuchar ese tipo de cosas al sufrir una desgracia.

-       Mi casa ha ardido.

      —Lo siento, el fuego es así. Ya te darán otra.

En la grada de asientos azules de San Siro, la de los colchoneros, no escuché a nadie decir “lo siento”. Puede que un padre se lo dijera a su hijo de ocho años que lloraba desconsoladamente con la cabeza hundida en su camiseta con el 9 de Torres, pero yo no lo escuché. Puede que leyera un “lo siento” en los labios a Juanfran cuando se acercó al fondo suplicando perdón en un gesto tan noble como innecesario, pero tampoco estoy seguro. Es posible que los ojos de Simeone también ocultaran esas dos palabras mientras el técnico aplaudía a una afición que sabe perfectamente que el Cholo es más de ponerse en pie que de besar la lona.

Para quienes comparten la devoción por el Atlético y saben todo lo que hay detrás escuchar ahora un “lo siento” es algo así como recibir un mensaje inaudible procedente del espacio exterior. No se puede sentir nada parecido a lo que sintieron los atléticos el sábado pasado sin ser uno de ellos; es imposible. Un puñetazo en el estómago que duele tanto que no te deja ni llorar. Una puñalada en el pecho que has aprendido a disfrutar como un placer cruel porque entra siempre por un agujero que nunca va a cicatrizar. Sufrir, sufrir y volver a sufrir.

Alrededor del Atlético de Madrid se ha ido creando desde hace varias décadas un halo de misticismo fundamentado en la capacidad del club y sus aficionados para sobreponerse una y otra vez a las adversidades. El discurso de Simeone y de todo el club sigue esa línea que también funciona como efectiva imagen de marca. “Nunca dejes de creer”, repiten los atléticos una y otra vez como un mantra que traspasa la frontera del fútbol hacia la vida de cada uno. Desde fuera puede parecer todo un tanto exagerado teniendo en cuenta que estamos hablando de un juego, pero no hay que olvidar que las victorias y las derrotas, aún siendo deportivas, son lecciones que vamos aprendiendo y nos marcan profundamente en nuestro trayecto vital.

No descubro nada diciendo que los seguidores del Atleti se sienten especiales y que cada golpe, por duro que sea, les aferra más y más al escudo de su equipo. Seguro que los aficionados de otros clubes acostumbrados a lidiar con la decepción saben de lo que hablo. No creo que la historia del fútbol deba nada al Atlético como tampoco creo en la mala suerte. Lo acaecido en San Siro es otro golpe más, tal vez el más duro, pero es posible que eso fuera precisamente lo que necesitaban los colchoneros para sentirse aún más únicos y cantar con más fuerza que nunca aquello de “volveremos, volveremos”. Lo que necesitaba el Atleti para seguir siendo el Atleti y no otra cosa.

Los que acompañáis a los atléticos en el sentimiento en estos momentos difíciles debéis saber que es imposible ponerse en su lugar sin compartir su pasión, “lo siento”. Si de verdad os produce una sensación horrible e inexplicable que un poste haya privado al Atlético de ganar su primera Champions League, si sentís ese dolor, es que a lo mejor sois uno de ellos, uno de nosotros. En ese caso, enhorabuena.

24 de enero de 2013

¿Por qué no Mookie Blaylock?

Mookey Blaylock en un cromo de Upper Deck.

Uno de los grandes retos que afronta en sus inicios un grupo de cualquier estilo musical es el de la elección de su nombre. A veces se trata de una decisión largamente meditada por uno o varios de los componentes de la banda y en ocasiones surge por pura casualidad o como fruto de una broma interna. En el caso que nos ocupa, fue el segundo de los supuestos el que llevó a una de las bandas de rock más aclamadas de los últimos veinte años a tomar prestado el nombre de un jugador de baloncesto. Al menos, durante un tiempo.

Daron Orshay Blaylock (Garland, Texas, 1967) fue un base rápido y con gran capacidad defensiva que construyó una sólida carrera de 13 años en la NBA jugando en New Jersey Nets, Atlanta Hawks y Golden State Warriors entre 1989 y 2002. Gran tirador de tres puntos y elegido mejor “ladrón” de la liga en las temporadas 96-97 y 97-98, Blaylock llegó a codearse con los mejores en el All Star (1994) y vivió sus mejores años como profesional en las filas de los Hawks. Pese a sus grandes logros en la pista, el jugador gozó siempre del cariño de los aficionados por su simpático e infantil apodo, que coincidía con el del repartidor de pizzas que Spike Lee interpreta en su película  Haz lo que debas. El sobrenombre de “Mookie” unido al apellido “Blaylock” provocaba que pocos se olvidaran del base.

Su nombre también hacía gracia a una banda de jóvenes melenudos que en 1990 estaban comenzando a dar que hablar en el caldeado ambiente musical de la ciudad de Seattle. Aún sin nombre, el grupo se encontraba preparando lo que un año después sería su primer disco y, tras una de las sesiones de grabación, decidieron introducir un cromo del entonces jugador de los Nets en la caja que contenía la casete con una de las maquetas. Todo habría quedado en un hecho irrelevante si no fuera porque poco después serían invitados a participar en un tour de diez conciertos con Alice in Chains, grupo que ya había empezado a gozar de cierta popularidad.

La improvisada gira provocó las consiguientes prisas por bautizar al grupo. Alguien se fijó en la casete y dijo “¿por qué no Mookie Blaylock?”. Como todos eran aficionados al baloncesto y sentían especial predilección por el base de los Nets, nadie se opuso a la propuesta y el grupo debutó con ese nombre en el club Off Ramp de Seattle el 22 de octubre de ese año. La idea era utilizar el nombre únicamente en aquella gira, pero los compromisos comenzaron a acumularse y la banda siguió tocando como Mookie Blaylock hasta poco tiempo antes de publicar su disco de debut ya con el nombre definitivo del grupo, que no era otro que Pearl Jam. 

Los Mookie Blaylock, en 1991, durante una actuación en el club Off Ramp de Seattle.

Como todos sabemos, la banda se convirtió en uno de los grupos más influyentes de la década de los 90, encabezando junto a Nirvana esa difusa corriente que vagamente se denominó grunge. Las malas lenguas decían que a Mookie Blaylock no le había gustado nada la utilización de su nombre y había amenazado con interponer una demanda. Nada más lejos de la realidad porque, en realidad,  Blaylock se sintió honrado al enterarse del hecho y no tardó en convertirse en un fiel seguidor del grupo, sin llegar a los extremos de devoción por los de Seattle que demostró Dennis Rodman.

Pero la predilección de la banda por el base no terminó con el cambio de nombre y buena prueba de ello fue que bautizara su primer disco como “Ten”, en referencia al número que siempre acompañó a Blaylock. Además, Eddie Vedder lució su camiseta de juego en varios conciertos y el bajista Jeff Ament, gran aficionado al baloncesto, llegó a compartir unos tiros a canasta con el jugador años después.

La Historia es caprichosa y no puede reservar el espacio necesario para todos los jugadores de baloncesto, ni siquiera para los de la NBA. Tampoco tiene sitio para todas las bandas de rock, aunque Pearl Jam posee allí una buena parcela desde hace años. No hay duda de que Mookie Blaylock fue un gran jugador, pero es posible que el paso del tiempo vaya tapando sus estadísticas y en el futuro sea más recordado por haber dado nombre a un grupo de jóvenes melenudos en bermudas que por sus triples y sus robos de balón. Y todo por un apodo.

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En Pearl Jam Twenty (2011), documental dirigido por Cameron Crowe como conmemoración de las dos décadas de vida de la banda, queda registrada unas divertidas imágenes en las que el grupo anuncia su inminente cambio de nombre.  

En este otro vídeo podemos ver al cantante Eddie Vedder (camiseta de los Bulls incluida) y al guitarrista Mike McCready durante una entrevista concedida en 1991 al programa Headbangers Ball de la MTV en la que hablan sobre su amor por Mookie Blaylock y el cambio de nombre del grupo.






18 de enero de 2013

Cuando Grateful Dead patrocinó (y vistió) a Lituania




La selección lituana de 1992, en una pausa de su viaje psicodélico, con la equipación de Grateful Dead.

Visionando el estupendo documental The Other DreamTeam (2012) he recordado un póster algo macarra que presidió la puerta de mi habitación durante gran parte de mi adolescencia y que aún debe permanecer enrollado en algún lugar indeterminado de mi hogar familiar. En él aparecía una ilustración extremadamente colorista en la que un esqueleto con el uniforme de la selección lituana realizaba un contundente mate. Sinceramente, no me parecía bonito entonces y me parece horrible ahora, pero tenía que haber algo que lo hacía suficientemente especial para que lo exhibiera en mi cuarto junto a Claudia Schiffer, Shawn Kemp y Terminator.

Nos situamos en 1992. Lituania vive una larga resaca tras celebrar su independencia de la ya extinta Unión Soviética y acaba de darse cuenta de que en el camino hacia  la libertad se ha quedado prácticamente arruinada. Un gran inconveniente a la hora de financiar a los deportistas que han de competir ese mismo año en los Juegos Olímpicos de Barcelona y, en especial, a los representantes de su deporte nacional, el baloncesto. Con los ya consagrados Sabonis, Kurtinaitis, Homicius y el joven Karnisovas en sus filas, el equipo dirigido por Vladas Garastas tenía todas las papeletas para luchar por una medalla que no fuera la de oro, ya adjudicada al equipo estadounidense con su Dream Team original e irrepetible. Pero lo primero era lo primero y antes de jugar había que conseguir el dinero necesario para cubrir las necesidades básicas del equipo y poder viajar a Barcelona.

La ilustración de Greg Speirs hecha camiseta.
En esas estaba el escolta Sarunas Marciulonis, que en aquella época militaba en los Golden State Warriors y ya se había convertido en uno de los primeros europeos en hacerse un nombre en la NBA. Su búsqueda de un patrocinador para el combinado nacional encontró un curioso e inesperado apoyo en los Grateful Dead.  Los miembros de la legendaria banda psicodélica de San Francisco pensaron que unas de sus típicas camisetas desteñidas diseñadas por Greg Speirs para la ocasión podrían proveer de fondos a los necesitados lituanos.
La camiseta tuvo un éxito de inmediato en EE.UU. y su diseño rápidamente fue importado a posters y demás mercadotecnia antes de convertirse en el uniforme oficial de la selección lituana, que lució orgullosa la colorista propuesta de su patrocinador. Una ropa que puede producir los efectos de un viaje de LSD y que el equipo también vistió en el podio del Pabellón Olímpico de Badalona, cuando recibió una medalla bronce que sabía a oro. No en vano,  los lituanos habían caído en las semifinales frente al invencible Dream Team y derrotar en la lucha por la tercera plaza a Rusia (CEI en aquel momento) con todo el significado político que esa victoria podía tener.

Seguramente Jerry Garcia celebró en San Francisco aquel triunfo junto a sus compañeros de Grateful Dead pero no por los beneficios económicos que el diseño cedido por la banda iba a seguir generando durante gran parte de los 90, sino por pura simpatía hacia Marciulonis y sus compañeros. De hecho, tras financiar al equipo en Barcelona 92, Greg Speirs decidió donar todo el dinero obtenido a través de su Slam Dunk Skeleton a los niños sin recursos del país báltico.  

Por cierto, mi póster no está en venta.

10 de enero de 2013

"Más viejos que la mierda"

Kobe cree que los malos resultados de los Lakers son cosas de la edad.  (Andrew D. Bernstein/NBA/Getty Images)

Los operarios apagaban las luces del Staples Center el pasado 1 de enero tras una nueva derrota de Los Ángeles Lakers y Kobe Bryant no parecía estar disfrutando de la habitual presencia de un buen número de periodistas en el vestuario. Caer en casa frente a los Philadelphia 76ers no era el inicio de año deseado por el escolta angelino que, pese al desalentador comienzo de temporada del equipo, espera poder luchar por el que sería su sexto anillo de campeón de la NBA. Un título con el que igualaría a Michael Jordan, esa sombra alargada y huidiza que siempre ha marcado su carrera. Sentado en su taquilla, Bryant era cuestionado por la causa de la falta de energía mostrada por el equipo en los momentos decisivos del encuentro. El jugador, exhibiendo  una malévola sonrisa y mirando al infinito, espetó rápidamente  un “cause we're old as shit”  -“porque somos viejos como la mierda” o, castellanizando más la expresión, “porque somos más viejos que la mierda”- que provocó las risas contenidas de los presentes. Acto seguido quitó un poco de hierro al asunto asegurando que no todas las noches las piernas responden al nivel necesario para defender y atacar con garantías, pero los plumillas ya tenían su titular.    

Es verdad que los Lakers tienen esta temporada una media de edad elevada (28.9) solo superada por sus vecinos los Clippers (29.3),  Miami Heat (30.0) y New York Knicks (31.3). Sin embargo, Bryant parece querer eludir otros debates de más calado sobre la actual situación al reducirlo todo a una cuestión de edad.

Pero, ¿qué significa ser viejo en la NBA? Hablamos de una liga plagada de jugadores en mitad de la treintena con roles fundamentales dentro de sus equipos y en la que el propio Bryant está cuajando una de sus mejores campañas a nivel individual con 34 años. Tim Duncan, Kevin Garnett, Paul Pierce, Dirk Nowitzki, Ray Allen o un todavía saltarín Vince Carter son algunos de los “abuelos” más prestigiosos de la NBA, sin olvidar a los cuarentones Grant Hill y Kurt Thomas. Es evidente que las piernas de estos jugadores no tienen la frescura de su cenit de plenitud física, pero su experiencia y conocimiento del juego suplen con creces esta carencia.
Palop suma y sigue camino de los cuarenta.
La genética que a cada cual le cae en suerte (o desgracia) influye lo suyo, claro, pero hay algunos recursos que permiten prolongar la buena condición física en el tiempo y evitar lesiones que vayan acercando el final.  Una dieta equilibrada, una carga de entrenamientos ajustada, buenos calentamientos y, por encima de todo, los deseos de jugar pueden alargar bastante los años de actividad de un deportista profesional. En España tenemos un buen ejemplo en la figura del guardameta del Sevilla FC Andrés Palop quien a sus 39 años sigue intentando atajar los disparos de los delanteros de la autodenominada como la mejor liga del mundo. Su truco: perder un kilo cada año desde que cumplió 33.

Bryant tiene a su lado como pesos pesados de más edad a Pau Gasol (32 años), Ron Artest (33 años) y Steve Nash, un tipo que se pasa la vida comiendo nueces para que nunca le falten proteínas y que en febrero cumplirá 39 castañas. Ninguno de los tres parece arrastrarse por la cancha de momento y ninguno ha destacado especialmente por su explosividad física a lo largo de su periplo profesional. Además, el equipo angelino se reforzó el pasado verano con Dwight Howard quien, a sus 27 años, muestra una de las mayores plenitudes físicas que jamás se hayan visto sobre una cancha de baloncesto. ¿Dónde está el problema entonces? Se me ocurren tres o cuatro causas, pero ninguna tiene que ver ni por asomo con la edad de los jugadores del equipo que entrena Mike D’Antoni.

Ahora vayamos un poco más allá en el análisis: ¿qué significa ser viejo en general? Mientras en algunos países de África cumplir los 30 años significa entrar en la vejez, en España los periódicos suelen referirse a los menores de 35 años como “jóvenes”. El carnet joven tiene validez hasta los 30 años y los actores y actrices que interpretan a veinteañeros en las series de televisión patrias están más cerca de los cuarenta que de los veinte.  Aquella sentencia que hace una década decía que “los treinta son los nuevos veinte” parece haberse quedado anticuada ante la cifra cada vez mayor de cuarentones solteros y sin hijos que visten zapatillas deportivas casual .

Sean Connery con 44 años en Zardoz (1974).
Salimos a dar una vuelta por la calle  y en una marquesina publicitaria nos encontramos con un primerísimo primer plano en blanco y negro de Brad Pitt anunciando un perfume para mujeres. Tiene 48 años, tres menos que su cafetero amigo y también actor George Clooney. Dos hombres que rondan el medio siglo de edad a los que nadie diría que ya se les ha pasado el arroz para interpretar una película de acción o para flirtear con una señorita treinta años menor que ellos. Cirugía, Photoshop, séquito de maquilladores, preparadores físicos … Llámenlo como quieran, pero a estos dos señores vamos a tardar en denominarles “viejos” casi tanto como hemos tardado en hacerlo con Sir Thomas Sean Connery.

Y no será solo por su impecable aspecto, sino también por su estilo de vida. Cada vez que vemos a Obama echando unas canastas con sus colaboradores o comiendo en una hamburguesería  con el presidente ruso olvidamos que es un señor de 51 años porque vemos en él a un hombre físicamente activo y con las mismas aficiones que pueden tener sus hijas.

En el mundo de la música tenemos los mayores casos de juventud exprimida al máximo, bien sea por puro interés comercial o por el deseo de no perder la apariencia ni las formas que un día valieron prestigio y fama. Cierto es que hay casos que rozan el esperpento, pero también hay artistas que han sabido cumplir años sin perder la esencia (ni los “hábitos”) de lo que un día les hizo grandes.   

Resumiendo, Kobe Bryant puede culpar de la mala temporada de los Lakers a los años que no pasan en balde o a la papada de Jack Nicholson, pero disponemos de pruebas suficientes para afirmar que la edad es más un estado mental que físico y a mí no me va a venir uno de los mejores jugadores de todos los tiempos a activar la crisis de los treinta por muy vieja que sea la mierda.




P.D.: Escribiendo estas líneas leo que a Wilko Johnson, guitarrista de Dr. Feelgood y muchas cosas más, le ha sido diagnosticado un cáncer terminal. Tiene 65 años y va a estar ocupado los meses que le queden ofreciendo conciertos y grabando un disco. Joven para siempre.


11 de noviembre de 2011

The Wayman Tisdale Story

Cuando me planteé poner en marcha este blog sobre baloncesto, automáticamente vino a mi mente el nombre del jugador que protagoniza la historia que posiblemente mejor representa lo que deseo transmitir con esta bitácora. Ese nombre es el de Wayman Tisdale, un magnífico jugador, un talentoso músico y, sobre todo, una maravillosa persona que jamás perdió la capacidad de sonreír. Por pura vagancia fui postergando la redacción de esa entrada y dejé paso a otras en las que la unión entre baloncesto y música han tenido gran peso.

Ahora, tres años después de la muerte de Tisdale, Brian Schodorf ha producido y dirigido el documental “The Wayman Tisdale Story”, un recorrido por la vida de un hombre que ganó el oro olímpico representando a Estados Unidos en aquella final de los Los Angeles 84 en la que España sufrió su derrota más dulce.

Todavía no he podido ver el documental para saber si hará innecesario poner en negro sobre blanco lo que en él se narre y si finalmente este humilde blog se quedará sin su entrada sobre Tisdale pero, tras visionar el avance que incluyo aquí debajo, todo indica que por una vez el libro no podrá ser mejor que la película.



Y ya sabéis, si conocéis alguna historia de baloncesto que pueda encajar con la filosofía de “Defensa Ilegal”, no tenéis más que comunicármelo. Se hará lo que se pueda.

26 de octubre de 2011

El Real Madrid y el sueño de la NBA

Florentino Pérez, manos a la obra.
Corría el año 2002, Florentino Pérez presidia el Real Madrid y sacaba brillo a la novena Copa de Europa, conseguida tras los millonarios fichajes de Figo, Zidane y Ronaldo.  Eran tiempos de bonanza económica –al menos para el presidente del Real Madrid- y la palabra “crisis” no era aún la más pronunciada. Sin embargo, no todo eran alegrías para el presidente del grupo ACS, ya que el equipo de baloncesto no terminaba de carburar y además resultaba sumamente deficitario para el club blanco.

Ramón Calderón, que más tarde sería el relevo de Pérez en la presidencia y que por aquel entonces era el directivo responsable de la sección de baloncesto, pronunció una mañana de octubre las palabras que darían pie al gran titular: “Florentino Pérez quiere al Real Madrid en la NBA”. Lo que para los aficionados al baloncesto suponía una locura para el todopoderoso presidente del Real Madrid era, según Calderón, “un negocio seguro”.

Todo encajaba.  La futura ciudad deportiva del Real Madrid (las actuales instalaciones de Valdebebas) iba a acoger un moderno pabellón para 12.000 espectadores que cumpliría los requisitos de la NBA y de paso serviría para los juegos olímpicos que Madrid seguramente acogería en 2012…  Además, por el mero hecho de jugar la mejor liga del mundo, el club blanco se aseguraría ingentes cantidades de dinero a través de las taquillas –con llenos asegurados hasta cuando viniera el peor equipo de la Midwest Division, claro-, los derechos de televisión y la publicidad.

Han pasado nueve años desde aquellas palabras de Calderón  y la NBA bastante trabajo tiene a día de hoy con intentar seguir viva en Estados Unidos. La idea de una división europea que periódicamente menciona el comisionado David Stern sigue sonando a bella utopía y los aviones siguen tardando lo mismo en cruzar el charco que hace una década.  Sin embargo, el sueño de Florentino ha seguido vivo y cada día que pasa se acerca más a la realidad, aunque por un camino que difícilmente habríamos imaginado en 2002.

Puede que ya hayan escuchado por ahí pero la actual temporada de la NBA está congelada a causa de las diferencias entre jugadores y propietarios a la hora de repartir los beneficios. Ese parón, que responde al nombre de “lockout”, ha provocado que algunos jugadores de la liga estadounidense recalen en los más pudientes equipos europeos. Florentino Pérez lo ha escuchado por la radio y ha pensado “esta es la mía”.

Dicho y hecho, Rudy Fernández y Serge Ibaka aterrizan en Barajas, y la prensa especula con más incorporaciones -¿galácticas?-. Para que el sueño sea aún más real y del Real, resulta que ahora el equipo merengue juega en un céntrico y moderno pabellón con capacidad para 15.000 espectadores, aunque temporalmente tenga que disputar algunos partidos en otro “mágico” recinto de menor capacidad y del que algunos aficionados salen con tortícolis.

Mientras,  el entrenador Pablo Laso recibe a los jugadores como el niño al que los Reyes Magos traen un regalo que no ha pedido. Juguetes buenos, bonitos y no precisamente baratos para formar un equipo llamado a arrasar en Europa.  Suponemos que el resto de la plantilla acoge a los nuevos con la alegría de saber que la suma de efectivos servirá para que el trabajo se reparta equitativamente y nadie se canse demasiado en unos partidos que ganarán casi sin bajar del autobús.

Un sueño hecho realidad del que nos despertaremos cuando desde Nueva York nos digan que el “lockout” ha finalizado. Entonces Florentino Pérez agradecerá los servicios prestados a los temporeros y estudiará los beneficios económicos de su paso por el club.  Por su parte, Laso tendrá que convencer a los jugadores que se queden para que arrasen en Europa tal y como estaba previsto. Tal y como Florentino Pérez esperaba cuando hizo realidad su sueño de convertir al Real Madrid en un equipo NBA.

21 de octubre de 2011

El último guerrero

MARCOS PRIETO
Desde niño se había acostumbrado a jugar con gente mayor y más fuerte que él. A los 20 años, con sus 1.91 metros de estatura y un buen físico, se había convertido en un base muy combativo, pero esto no fue suficiente para que destacara en el equipo de la Universidad de Alabama, situada a poco más de dos horas en coche de su Montgomery natal. Pese a que solo llegó a disputar dos partidos con la camiseta de la “Crimson Tide” (“marea carmesí”), Ray Johnston aún conservaba en 2001 la esperanza de poder ganarse la vida con el baloncesto.

Con la NBA como un sueño inalcanzable, decidió probar suerte acudiendo al mismo campus que el entonces estelar Stephon Marbury y regresó a casa con el premio al jugador que más duro había trabajado. Un reconocimiento que te puede llenar de orgullo, pero que en este caso no equivalía más que a una generosa palmada en la espalda. Johnston veía como su futuro en el mundo del baloncesto se diluía y, una vez graduado, puso rumbo a Dallas para trabajar como agente hipotecario. Comenzaba así una vida diferente en la que el deporte que había practicado toda su vida pasaba forzosamente a convertirse en una afición que compartía tiempo con su trabajo de oficina y su otra gran distracción, la música.

Johnston se apuntó rápidamente a un gimnasio en el que poder seguir manteniendo la forma. Allí coincidió con exjugadores de los Dallas Cowboys de fútbol americano como Deion Sanders o Michael Irvin, que quedaron sorprendidos por sus habilidades baloncestísticas y le pusieron el sobrenombre de “White Chocolate” (“chocolate blanco”). El contacto con los célebres compañeros de gimnasio y sus agentes le sirvió para hacerse un nombre en Dallas y reavivar su deseo de tener una posibilidad en el baloncesto profesional.

LA GRAN OPORTUNIDAD
Johnston, con los Mavericks en 2004

Johnston siguió jugando duro en ligas y torneos locales hasta que en 2004 surgió una oportunidad inesperada.  Disputando el torneo de 3x3 “Hoop-It-Up” deslumbró a los ojeadores de los Dallas Mavericks con un pase por la espalda y un mate. Su exhibición se tradujo en una invitación a participar en la liga de verano del conjunto tejano, donde convenció a todos mostrándose como un base muy fiable. Los Mavericks veían en él un diamante en bruto que podría ser pulido en Europa, donde acumularía la experiencia necesaria para convertirse definitivamente en un “Mav”.  La oferta estaba sobre la mesa y el general manager, Donnie Nelson, le dio seis semanas para que tomara una decisión mientras continuaba entrenando al máximo nivel.

Con 25 años vivía el sueño de tener su propia camiseta de los Mavericks –con el número 2- y compartir vestuario con Steve Nash, Dirk Nowitzki, Josh Howard y el resto de estrellas de aquel equipo candidato al anillo. Pese a los duros entrenamientos, tampoco renunciaba a jugar partidos informales en el antiguo Signature Athletic Club en los que coincidía con el peculiar propietario de la franquicia tejana, Mark Cuban.  Johnston perdió mucho peso en aquellas semanas pero los atribuyó al desgaste físico, al igual que sus problemas estomacales y unas pequeñas erupciones que habían aparecido en su pecho.

DEL CIELO AL INFIERNO

Era agosto y el calor apretaba en Dallas. El jugador estaba disputando un partidillo improvisado a mediodía cuando un oponente le propinó involuntariamente una patada en la espinilla. Nada serio, aparentemente, a pesar de que la zona había comenzado a inflamarse. A la mañana siguiente el equipo médico de los Mavericks se encargó de realizar una breve intervención de cirugía menor para solventar el problema. Sin embargo, esa misma tarde, bajo la rodilla de Johnston surgió una alarmante acumulación de sangre que hizo saltar las alarmas.    Rápidamente fue trasladado al Presbyterian Hospital, donde los especialistas encontraron a la culpable de aquella extraña reacción en el cuerpo de un joven y hasta entonces sano deportista. Johnston tenía leucemia. Para ser más exactos, un subtipo denominado leucemia promielocítica aguda, un cáncer que ataca y debilita los glóbulos blancos de la sangre.

Johnston y Nowitzki,  MVP de 2007
El jugador se despertó al día siguiente, o eso creía él, porque ya no era agosto sino noviembre.  Había pasado tres meses en un coma inducido durante el que su cuerpo mantuvo una lucha titánica contra un cáncer que se había extendido por 84% de su cuerpo, dañando gravemente su circulación sanguínea. Tan doloroso trance se saldó con dos reanimaciones que podrían ser catalogadas como resurrecciones, fallos graves en pulmones y riñón, coágulos en el cerebro y siete dedos de los pies amputados.
 
Contra todo pronóstico, el cáncer comenzó a remitir dos semanas después de que Johnston despertara del coma. Los Dallas Mavericks, conmovidos con la situación del que estaba llamado a convertirse en uno de los suyos, no dudaron en ofrecer todo su apoyo al jugador, que aún permanecería cuatro meses más ingresado. Las  visitas por parte de miembros del equipo, con Cuban y Nowitzki a la cabeza, no cesaron en ese tiempo. El equipo veía en él un ejemplo de superación y lo convirtieron en su particular foco de inspiración.

Sin embargo, la batalla no había hecho más que comenzar para Johnston, que sufriría hasta cinco recaídas en los seis años siguientes y que actualmente continúa luchando contra una enfermedad que parece estar remitiendo gracias a un tratamiento experimental. El apoyo de sus padres, sus creencias religiosas y su inquebrantable determinación por vencer a la enfermedad le han llevado a reponerse una y otra vez de las innumerables estancias en hospitales, así como de las duras sesiones de quimioterapia.

LA MÚSICA COMO CURA

Pero para seguir contando esta historia es preciso volver a 2004, el año que para Johnston solo tuvo nueve meses.  Apartado ya definitivamente del baloncesto por razones de salud, el ya exjugador decidió retomar la guitarra con la que tantos buenos ratos había pasado desde sus tiempos de instituto. Nunca había recibido clases ni sabía solfeo pero fue su tozudez a la hora de intentar versionear sus temas favoritos – con especial predilección por los de la Dave Matthews Band- la que le convirtió en un guitarrista competente.

En la universidad ya había formado una pequeña banda acústica de rock sureño en la que comenzó a perder el miedo a cantar sobre un escenario pero no sería hasta 2006 cuando se tomaría el asunto más en serio tras conocer al experimentado saxofonista Keith Anderson en un club de jazz. Los conocimientos musicales de Anderson se pusieron al servicio de las ideas  y las letras de Johnston para crear la semilla de lo que en 2009 sería la Ray Johnston Band con la entrada del también reputado teclista de jazz y funk Bobby Sparks.

The Ray Johnston's Band al completo
Con la amenaza de la corta esperanza de vida que le otorgaban los médicos, Johnston decidió que no había más tiempo que perder antes de grabar un disco y salir de gira en las mejores condiciones posibles. Para cumplir su objetivo recurrió a sus viejos amigos de los Mavericks, con los que nunca ha perdido el contacto, y en especial a Cuban. El excéntrico y multimillonario empresario, dueño del canal de televisión HDNet, puso todo de su parte para que el proyecto de un documental sobre la primera gira de la banda y su primer trabajo, “Sweet Tooth”, viera la luz.

Así nacieron los ocho capítulos de “The Ray Johnston Band: Road Diaries”, donde se narra la historia del líder de la banda, así como los pormenores de su primer tour a bordo de un autobús rojo bautizado como “Rosie”. El documental trajo la popularidad a la Ray Johnston’s Band que, en sus dos años vida, ya ha ofrecido numerosos conciertos y ha compartido escenario con nombres de la talla de Prince, Herbie Hancock y Chaka Khan, entre otros.

De acuerdo con la página oficial de la banda, sus conciertos “combinan suaves melodías con explosiones de funk, blues y jazz que acentúan la capacidad de Johnston para contar historias”. Respecto a las letras,  en la misma web se asegura que tocan “temas comunes como el triunfo, la lucha, la familia, el amor, los mensajes de texto, Jesús, el coqueteo, la sonrisa y la perseverancia”.

Johnston no se olvida de quienes están situaciones similares a la suya y por eso las giras de su banda también tienen un importante trasfondo solidario con el apoyo constante a la Ryan Gibson Foundation, una asociación sin ánimo de lucro que recauda fondos para la lucha contra la leucemia en Estados Unidos.

“Es el último guerrero”, afirmó un día Mark Cuban, que siente verdadera devoción por Johnston. “Nunca tiene miedo a luchar y no le importa lo difícil que sea, siempre encuentra el lado positivo”. Sin duda, una acertada sinopsis para la vida de un hombre que nunca renuncia a cumplir sus sueños.





*Este texto ha sido redactado a partir de la infinidad de artículos que se han publicado en Estados Unidos sobre la figura de Ray Johnston y con la intención de dejar constancia en español de esta historia de baloncesto, música y superación. Para conocer más detalles sobre la vida de Ray Johnston puedes acceder a la página web de su The Ray Johnston's Band o visitar el canal de la banda en YouTubeSi estás interesado en colaborar desde España en la lucha contra la leucemia puedes hacerlo a través de diversas asociaciones como, por ejemplo, la Fundación José Carreras o la Fundación Cesare Scariolo. 



29 de agosto de 2011

Del baloncesto a la psicodelia

MARCOS PRIETO
La banda Love posee una importancia capital a la hora de entender la revolución musical que tuvo lugar en la década de los 60. Nunca alcanzaron la repercusión de gigantes de la época como Beatles o  Stones pero su tercer trabajo, Forever Changes (1967 ), ha quedado para la historia como uno de los discos fundamentales del siglo XX.  La Costa Oeste de EE.UU., el amor libre y las drogas fueron el contexto de una banda que sorprendió al mundo a base de psicodelia y talento musical. 

Nada en Love era demasiado común al resto de bandas de la época, comenzando por su condición de grupo multirracial. Ver a un negro al frente de una banda de estética hippie no era algo muy habitual en aquellos años, con la notable excepción de Jimmy Hendrix. Sin embargo, no se puede entender Love sin la espigada figura de su líder y vocalista Arthur Lee (1945-2006). 

Pero Lee no siempre aspiró a convertirse en una estrella del Pop y solo cinco años antes de la publicación del primer y homónimo disco de la banda, en 1960, sus pensamientos estaban centrados en un ámbito completamente diferente. En aquellos tiempos, los estudios de grabación, los instrumentos y los amplificadores no habían sustituido todavía al gimnasio, los balones y las canastas del instituto Dorsey, en Los Ángeles.
  
Arthur Lee, con los Dons de Dorsey en 1961.
El joven y espigado Arthur (nacido Arthur Porter Taylor) aspiraba a vivir del baloncesto profesionalmente y parecía tener condiciones suficientes para conseguir su objetivo, despuntando como un gran anotador y capitaneando a los Dons de Dorsey. Sin embargo, como tantas veces ha sucedido, una desafortunada lesión le iba a obligar a cambiar de planes.

Su enorme curiosidad musical le había hecho comenzar a tocar el acordeón, el piano, el órgano y, finalmente, la guitarra. Además, su principal ocupación había pasado a ser la de escuchar discos y más discos, con especial predilección por los de Nat “King” Cole y Johnny Mathis.  Así, su sueño de jugar algún día en Los Angeles Lakers se transformó en el deseó de firmar por alguna gran discográfica como Capitol Records.

Love nacería en 1965 de la unión de Lee con su amigo del instituto Johnny Echols, guitarrista con quien ya había empezado a tocar dos años antes en The LAGs, una banda instrumental cercana al Rythm and Blues.


La historia de Love y de la figura de Arthur Lee es tan extensa como controvertida. Los escándalos, los cambios en la formación y las luchas de ego -especialmente entre Lee y el guitarrista Bryan MacLean- provocaron que, posiblemente, la banda no alcanzara su techo.

El que fuera batería de la banda en la etapa de los discos Da Capo y Forever Changes, Michael Stuart-Ware,  relaciona en su libro Entre bastidores. De viaje con el grupo Love*  el férreo liderazgo de Lee con su experiencia baloncestística. Según Stuart-Ware, Lee se comportaba con el resto de componentes de la banda como un entrenador que intenta sacar lo mejor de cada uno de sus jugadores.

Todo lo que rodeaba al grupo, empezando por la discográfica Elektra, era visto por el líder de Love como un “equipo rival” al que había que doblegar una y otra vez. Lee no tenía problemas para gritar y reprender a sus compañeros si intuía que no estaban dando lo mejor de sí mismos en los ensayos y en los conciertos. Para él, el talento no bastaba para conseguir el éxito y creía en el trabajo duro como único instrumento para llegar a lo más alto. 

Puede que Arthur Lee nunca llegara a juntar el equipo con el que soñaba o que sus tácticas no fuera las más adecuadas.  Pese a ello, su talento y el de los músicos que le acompañaron a mediados de los 60 han dejado para la posteridad canciones que convierten a Love en un equipo ganador con derecho a figurar entre los más grandes. 






* El libro Entre bastidores. De viaje con el grupo Love de Michael Stuart-Ware fue editado en España por Metropolitan Ediciones SL en 2008.

12 de agosto de 2011

Con Lituania hemos topado


MARCOS PRIETO
El Madrid Arena acogerá este sábado 13 de agosto el segundo partido de la selección española en su gira de preparación para el próximo EuroBasket. Será un interesante test para la vigente campeona de Europa, que buscará  deleitar una vez más al público madrileño con una victoria sobre la siempre temible Lituania. La anfitriona del próximo campeonato continental y gran favorita a la lucha por las medallas intentará complicar las cosas a los hombres de Sergio Scariolo con su mezcla de veteranos curtidos en mil batallas y estrellas emergentes, como el pívot Jonas Valanciunas.


Curiosamente, el España-Lituania está enmarcado dentro de los actos de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 (JMJ2011). Por este motivo, la Federación Española de Baloncesto (FEB) cederá 3.500 entradas -¿o eran 5.000?- a los voluntarios de este gran encuentro de jóvenes de todo el mundo para que también ellos puedan disfrutar del partido en la Casa de Campo, haciendo un preámbulo deportivo antes de la sobredosis de oración y discurso papal que se avecina.


La FEB  ha explicado su apoyo a este evento organizado por la Iglesia Católica como “un homenaje al voluntariado”. Muchas otras empresas e instituciones españolas han echado una mano a la JMJ2011 de distintas maneras, en un encomiable esfuerzo por evitar que tan magno evento cueste un solo céntimo a los ciudadanos de un Estado aconfesional. La verdad es que lo de homenajear a los voluntarios no lo habíamos escuchado como justificación y suena a música celestial.


Sin embargo, existe el riesgo de que alguna oveja descarriada piense que lo de premiar al voluntariado no sea más que una pobre excusa para no reconocer la cruda realidad, ya que hay más ocasiones para acordarse de los sufridos voluntarios que nombres constan en el santoral  Sin ir más lejos, Madrid acogió el pasado mes de julio el congreso anual de los testigos cristianos de Jehová y el concierto de la banda estadounidense de rock Foo Fighters. Ambas citas se desarrollaron en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid con la inestimable ayuda de voluntarios, al igual que la mayoría de los eventos que suponen una notable afluencia de público y, por lo tanto, un gran despliegue organizativo.


Dicho esto y esperando que el partido del sábado sea ganado por España como Dios manda, cerramos este salmo con dos solemnes bienaveturanzas:


Bienaventurados sean los voluntarios de la JMJ2011, porque en su trabajo residirá gran parte del éxito o del fracaso de la visita de Benedicto XVI a Madrid y con su generosa presencia ayudarán a llenar las gradas del Madrid Arena en el España–Lituania. 


Bienaventurados doblemente sean los voluntarios de cualquier otro tipo de evento, porque con o sin entradas gratis para el baloncesto seguirán colaborando amablemente en citas para católicos, testigos de Jehová, rockeros, amantes de la cerveza, etc…

Pueden ir en paz.






15 de junio de 2011

Summertime

Ron Ron recibe una refrescante asistencia.

Veo a Ron Artest de fiesta en fiesta y de piscina en piscina. Veo a Dwight Howard entrenando con Hakeem Olajuwon y preparando su visita promocional a Madrid. Veo a Shaquille O’neal anunciando su retirada en Twitter. También veo a Steve Nash en todas partes y siempre sonriendo… Ah, sí, y veo a los Dallas Mavericks como campeones de la NBA y al Regal FC Barcelona como ídem de la Liga ACB.  Definitivamente, estamos en verano.

Y es que, aunque aún quedan algunos días para entrar oficialmente en periodo estival, ha llegado la hora de cambiar nuestro chip baloncestístico para empezar a pensar en clave veraniega. Esto significa que podemos ponernos ya el pantalón corto, unas zapatillas bien frescas –las chanclas para la playa, por favor- y las gafas de sol para empezar a pensar en el Draft, los fichajes para la próxima temporada, los campeonatos continentales y los training camps.

Poco puedo aportar por aquí a todo lo que se ha escrito sobre lo sucedido en los últimos días. Los Mavericks han sido justos vencedores y Dirk Nowitzki el merecido héroe de la hazaña del equipo tejano. Ver a un equipo tan unido y con una relación tan estrecha y cooperativa entre sus componentes, solo puede emocionar al buen aficionado. Enhorabuena, Mark Cuban.

Mirando a los derrotados, conviene recordar que en EE.UU. y en España somos expertos en bajar a los ídolos de su pedestal agarrándolos por los pelos. No creo que LeBron James fuera el salvador del mundo hace dos semanas y tampoco pienso que ahora sea el mayor perdedor sobre la faz del planeta. Miami Heat vendió mal su equipo de estrellas desde el principio y la aversión generada ante tal estrategia de marketing ha terminado por volverse en su contra.  
Esperemos para ver cómo cicatriza la herida en el equipo de Florida y si la amarga derrota sirve de motivación para la próxima campaña o, por el contrario, termina por destruir un proyecto tan arriesgado como costoso. Pase lo que pase, LeBron tendrá su anillo antes o después, no lo duden.

En España, la final de la Liga ACB nos deja la victoria del incontestable (dentro de nuestras fronteras) Regal FC Barcelona, la entrega del luchador Bilbao Basket en perfecta comunión con su afición y el que puede haber sido el último partido de Ricky Rubio con la camiseta blaugrana. Viendo su última temporada, puede que, por encima de madurar en la NBA a sus 20 años, esté la necesidad de recuperar el amor por el juego y la confianza en sus posibilidades. Minnesota puede ser el lugar apropiado para hacerlo.

Por cierto, lamento mucho haber dejado de actualizar regularmente este mi querido blog. Estudios y revoluciones varias me han mantenido un tanto ocupado las últimas semanas, pero prometo recuperar el tono. Mientras tanto, pueden seguir leyendo a un humilde servidor en esa fantástica web que es Basket4us o pasarse por el nuevo blog de mi amigo y excelso escritor Pepe Kubrick en El tirador melancólico.

13 de abril de 2011

¡Itu, Itu!

Cual asistencia debajo del aro, la semana pasada llegó a mis manos la autobiografía de Juanma Iturriaga titulada “Antes de que se me olvide” (Ediciones Turpial). Para alguien que vivió la década de los 80 entre el corralito, el parvulario y los bocadillos de Nocilla, Iturriaga es algo así como una representación humana de la época dorada que el baloncesto vivió en España en aquellos años.  Su carácter, su forma de moverse en la cancha y, por supuesto, su barba lo identificaban como un jugador distinto y especial. Personalmente, me despertaba muchas simpatías, aunque tras la lectura de su libro he descubierto que no todo el mundo era de la misma opinión.

Para los más jóvenes, Iturriaga es un periodista y un -digno- personaje televisivo que convirtió su animadversión por los medios de comunicación en su forma de vida tras una temprana retirada a los 31 años.  Como pasa con Fernando Romay, muchos no pueden imaginarse a Itu con pantalones cortos (cortísimos) sumando títulos con el Real Madrid y la Selección Española para conformar un palmarés al alcance de muy pocos jugadores europeos.

Los amantes del deporte de la canasta encontrarán en su libro el resumen de una era gloriosa de nuestro baloncesto sin la que no habrían sido posibles los éxitos a los que hoy en día estamos tan acostumbrados. Eran otros tiempos, otra España y otra forma de entender el deporte, pero el objetivo seguía siendo el mismo: ganar. Nombres como los de Tkachenko, Petrovic, Epi o Fernando Martín desfilan por las páginas porque fueron protagonistas de una década mágica y también de la vida del propio Iturriaga. Una vida que muchos habríamos deseado pero que, como todas, ha tenido sus claros y sus sombras.

A pesar de que el baloncesto y el buen humor forman la columna vertebral de esta autobiografía, Iturriaga no pasa por alto en su balance otras etapas de su vida, incluidas las más dramáticas. Sin convertirse en una obra de autoayuda, “Antes de que se me olvide” deja un buen puñado de consejos a modo de aviso para navegantes. Todos debemos pasar antes o después por la pérdida de seres queridos y por desengaños que la vida nos pone delante sin previo aviso. Con el medio siglo de vida ya superado, el ex jugador nos da motivos para el optimismo.

Por buscarle algún defecto al libro y seguir alimentando el “alien” que tantas veces atosiga al bueno de Itu, hay que decir que se echan en falta fotos que ayuden a ilustrar un poco mejor sus vivencias, especialmente a quienes no tienen en la memoria su etapa como jugador. Que pase por alto su mítico anuncio de la cuajada Danone es totalmente inadmisible, pero le perdonaremos por el puñado de grandes anécdotas que nos ha regalado y porque es de Bilbao.



PD: No dejéis de leer a Iturriaga en "El Blog del Palomero"



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