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24 de enero de 2013

¿Por qué no Mookie Blaylock?

Mookey Blaylock en un cromo de Upper Deck.

Uno de los grandes retos que afronta en sus inicios un grupo de cualquier estilo musical es el de la elección de su nombre. A veces se trata de una decisión largamente meditada por uno o varios de los componentes de la banda y en ocasiones surge por pura casualidad o como fruto de una broma interna. En el caso que nos ocupa, fue el segundo de los supuestos el que llevó a una de las bandas de rock más aclamadas de los últimos veinte años a tomar prestado el nombre de un jugador de baloncesto. Al menos, durante un tiempo.

Daron Orshay Blaylock (Garland, Texas, 1967) fue un base rápido y con gran capacidad defensiva que construyó una sólida carrera de 13 años en la NBA jugando en New Jersey Nets, Atlanta Hawks y Golden State Warriors entre 1989 y 2002. Gran tirador de tres puntos y elegido mejor “ladrón” de la liga en las temporadas 96-97 y 97-98, Blaylock llegó a codearse con los mejores en el All Star (1994) y vivió sus mejores años como profesional en las filas de los Hawks. Pese a sus grandes logros en la pista, el jugador gozó siempre del cariño de los aficionados por su simpático e infantil apodo, que coincidía con el del repartidor de pizzas que Spike Lee interpreta en su película  Haz lo que debas. El sobrenombre de “Mookie” unido al apellido “Blaylock” provocaba que pocos se olvidaran del base.

Su nombre también hacía gracia a una banda de jóvenes melenudos que en 1990 estaban comenzando a dar que hablar en el caldeado ambiente musical de la ciudad de Seattle. Aún sin nombre, el grupo se encontraba preparando lo que un año después sería su primer disco y, tras una de las sesiones de grabación, decidieron introducir un cromo del entonces jugador de los Nets en la caja que contenía la casete con una de las maquetas. Todo habría quedado en un hecho irrelevante si no fuera porque poco después serían invitados a participar en un tour de diez conciertos con Alice in Chains, grupo que ya había empezado a gozar de cierta popularidad.

La improvisada gira provocó las consiguientes prisas por bautizar al grupo. Alguien se fijó en la casete y dijo “¿por qué no Mookie Blaylock?”. Como todos eran aficionados al baloncesto y sentían especial predilección por el base de los Nets, nadie se opuso a la propuesta y el grupo debutó con ese nombre en el club Off Ramp de Seattle el 22 de octubre de ese año. La idea era utilizar el nombre únicamente en aquella gira, pero los compromisos comenzaron a acumularse y la banda siguió tocando como Mookie Blaylock hasta poco tiempo antes de publicar su disco de debut ya con el nombre definitivo del grupo, que no era otro que Pearl Jam. 

Los Mookie Blaylock, en 1991, durante una actuación en el club Off Ramp de Seattle.

Como todos sabemos, la banda se convirtió en uno de los grupos más influyentes de la década de los 90, encabezando junto a Nirvana esa difusa corriente que vagamente se denominó grunge. Las malas lenguas decían que a Mookie Blaylock no le había gustado nada la utilización de su nombre y había amenazado con interponer una demanda. Nada más lejos de la realidad porque, en realidad,  Blaylock se sintió honrado al enterarse del hecho y no tardó en convertirse en un fiel seguidor del grupo, sin llegar a los extremos de devoción por los de Seattle que demostró Dennis Rodman.

Pero la predilección de la banda por el base no terminó con el cambio de nombre y buena prueba de ello fue que bautizara su primer disco como “Ten”, en referencia al número que siempre acompañó a Blaylock. Además, Eddie Vedder lució su camiseta de juego en varios conciertos y el bajista Jeff Ament, gran aficionado al baloncesto, llegó a compartir unos tiros a canasta con el jugador años después.

La Historia es caprichosa y no puede reservar el espacio necesario para todos los jugadores de baloncesto, ni siquiera para los de la NBA. Tampoco tiene sitio para todas las bandas de rock, aunque Pearl Jam posee allí una buena parcela desde hace años. No hay duda de que Mookie Blaylock fue un gran jugador, pero es posible que el paso del tiempo vaya tapando sus estadísticas y en el futuro sea más recordado por haber dado nombre a un grupo de jóvenes melenudos en bermudas que por sus triples y sus robos de balón. Y todo por un apodo.

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En Pearl Jam Twenty (2011), documental dirigido por Cameron Crowe como conmemoración de las dos décadas de vida de la banda, queda registrada unas divertidas imágenes en las que el grupo anuncia su inminente cambio de nombre.  

En este otro vídeo podemos ver al cantante Eddie Vedder (camiseta de los Bulls incluida) y al guitarrista Mike McCready durante una entrevista concedida en 1991 al programa Headbangers Ball de la MTV en la que hablan sobre su amor por Mookie Blaylock y el cambio de nombre del grupo.






10 de enero de 2013

"Más viejos que la mierda"

Kobe cree que los malos resultados de los Lakers son cosas de la edad.  (Andrew D. Bernstein/NBA/Getty Images)

Los operarios apagaban las luces del Staples Center el pasado 1 de enero tras una nueva derrota de Los Ángeles Lakers y Kobe Bryant no parecía estar disfrutando de la habitual presencia de un buen número de periodistas en el vestuario. Caer en casa frente a los Philadelphia 76ers no era el inicio de año deseado por el escolta angelino que, pese al desalentador comienzo de temporada del equipo, espera poder luchar por el que sería su sexto anillo de campeón de la NBA. Un título con el que igualaría a Michael Jordan, esa sombra alargada y huidiza que siempre ha marcado su carrera. Sentado en su taquilla, Bryant era cuestionado por la causa de la falta de energía mostrada por el equipo en los momentos decisivos del encuentro. El jugador, exhibiendo  una malévola sonrisa y mirando al infinito, espetó rápidamente  un “cause we're old as shit”  -“porque somos viejos como la mierda” o, castellanizando más la expresión, “porque somos más viejos que la mierda”- que provocó las risas contenidas de los presentes. Acto seguido quitó un poco de hierro al asunto asegurando que no todas las noches las piernas responden al nivel necesario para defender y atacar con garantías, pero los plumillas ya tenían su titular.    

Es verdad que los Lakers tienen esta temporada una media de edad elevada (28.9) solo superada por sus vecinos los Clippers (29.3),  Miami Heat (30.0) y New York Knicks (31.3). Sin embargo, Bryant parece querer eludir otros debates de más calado sobre la actual situación al reducirlo todo a una cuestión de edad.

Pero, ¿qué significa ser viejo en la NBA? Hablamos de una liga plagada de jugadores en mitad de la treintena con roles fundamentales dentro de sus equipos y en la que el propio Bryant está cuajando una de sus mejores campañas a nivel individual con 34 años. Tim Duncan, Kevin Garnett, Paul Pierce, Dirk Nowitzki, Ray Allen o un todavía saltarín Vince Carter son algunos de los “abuelos” más prestigiosos de la NBA, sin olvidar a los cuarentones Grant Hill y Kurt Thomas. Es evidente que las piernas de estos jugadores no tienen la frescura de su cenit de plenitud física, pero su experiencia y conocimiento del juego suplen con creces esta carencia.
Palop suma y sigue camino de los cuarenta.
La genética que a cada cual le cae en suerte (o desgracia) influye lo suyo, claro, pero hay algunos recursos que permiten prolongar la buena condición física en el tiempo y evitar lesiones que vayan acercando el final.  Una dieta equilibrada, una carga de entrenamientos ajustada, buenos calentamientos y, por encima de todo, los deseos de jugar pueden alargar bastante los años de actividad de un deportista profesional. En España tenemos un buen ejemplo en la figura del guardameta del Sevilla FC Andrés Palop quien a sus 39 años sigue intentando atajar los disparos de los delanteros de la autodenominada como la mejor liga del mundo. Su truco: perder un kilo cada año desde que cumplió 33.

Bryant tiene a su lado como pesos pesados de más edad a Pau Gasol (32 años), Ron Artest (33 años) y Steve Nash, un tipo que se pasa la vida comiendo nueces para que nunca le falten proteínas y que en febrero cumplirá 39 castañas. Ninguno de los tres parece arrastrarse por la cancha de momento y ninguno ha destacado especialmente por su explosividad física a lo largo de su periplo profesional. Además, el equipo angelino se reforzó el pasado verano con Dwight Howard quien, a sus 27 años, muestra una de las mayores plenitudes físicas que jamás se hayan visto sobre una cancha de baloncesto. ¿Dónde está el problema entonces? Se me ocurren tres o cuatro causas, pero ninguna tiene que ver ni por asomo con la edad de los jugadores del equipo que entrena Mike D’Antoni.

Ahora vayamos un poco más allá en el análisis: ¿qué significa ser viejo en general? Mientras en algunos países de África cumplir los 30 años significa entrar en la vejez, en España los periódicos suelen referirse a los menores de 35 años como “jóvenes”. El carnet joven tiene validez hasta los 30 años y los actores y actrices que interpretan a veinteañeros en las series de televisión patrias están más cerca de los cuarenta que de los veinte.  Aquella sentencia que hace una década decía que “los treinta son los nuevos veinte” parece haberse quedado anticuada ante la cifra cada vez mayor de cuarentones solteros y sin hijos que visten zapatillas deportivas casual .

Sean Connery con 44 años en Zardoz (1974).
Salimos a dar una vuelta por la calle  y en una marquesina publicitaria nos encontramos con un primerísimo primer plano en blanco y negro de Brad Pitt anunciando un perfume para mujeres. Tiene 48 años, tres menos que su cafetero amigo y también actor George Clooney. Dos hombres que rondan el medio siglo de edad a los que nadie diría que ya se les ha pasado el arroz para interpretar una película de acción o para flirtear con una señorita treinta años menor que ellos. Cirugía, Photoshop, séquito de maquilladores, preparadores físicos … Llámenlo como quieran, pero a estos dos señores vamos a tardar en denominarles “viejos” casi tanto como hemos tardado en hacerlo con Sir Thomas Sean Connery.

Y no será solo por su impecable aspecto, sino también por su estilo de vida. Cada vez que vemos a Obama echando unas canastas con sus colaboradores o comiendo en una hamburguesería  con el presidente ruso olvidamos que es un señor de 51 años porque vemos en él a un hombre físicamente activo y con las mismas aficiones que pueden tener sus hijas.

En el mundo de la música tenemos los mayores casos de juventud exprimida al máximo, bien sea por puro interés comercial o por el deseo de no perder la apariencia ni las formas que un día valieron prestigio y fama. Cierto es que hay casos que rozan el esperpento, pero también hay artistas que han sabido cumplir años sin perder la esencia (ni los “hábitos”) de lo que un día les hizo grandes.   

Resumiendo, Kobe Bryant puede culpar de la mala temporada de los Lakers a los años que no pasan en balde o a la papada de Jack Nicholson, pero disponemos de pruebas suficientes para afirmar que la edad es más un estado mental que físico y a mí no me va a venir uno de los mejores jugadores de todos los tiempos a activar la crisis de los treinta por muy vieja que sea la mierda.




P.D.: Escribiendo estas líneas leo que a Wilko Johnson, guitarrista de Dr. Feelgood y muchas cosas más, le ha sido diagnosticado un cáncer terminal. Tiene 65 años y va a estar ocupado los meses que le queden ofreciendo conciertos y grabando un disco. Joven para siempre.


11 de noviembre de 2011

The Wayman Tisdale Story

Cuando me planteé poner en marcha este blog sobre baloncesto, automáticamente vino a mi mente el nombre del jugador que protagoniza la historia que posiblemente mejor representa lo que deseo transmitir con esta bitácora. Ese nombre es el de Wayman Tisdale, un magnífico jugador, un talentoso músico y, sobre todo, una maravillosa persona que jamás perdió la capacidad de sonreír. Por pura vagancia fui postergando la redacción de esa entrada y dejé paso a otras en las que la unión entre baloncesto y música han tenido gran peso.

Ahora, tres años después de la muerte de Tisdale, Brian Schodorf ha producido y dirigido el documental “The Wayman Tisdale Story”, un recorrido por la vida de un hombre que ganó el oro olímpico representando a Estados Unidos en aquella final de los Los Angeles 84 en la que España sufrió su derrota más dulce.

Todavía no he podido ver el documental para saber si hará innecesario poner en negro sobre blanco lo que en él se narre y si finalmente este humilde blog se quedará sin su entrada sobre Tisdale pero, tras visionar el avance que incluyo aquí debajo, todo indica que por una vez el libro no podrá ser mejor que la película.



Y ya sabéis, si conocéis alguna historia de baloncesto que pueda encajar con la filosofía de “Defensa Ilegal”, no tenéis más que comunicármelo. Se hará lo que se pueda.

21 de octubre de 2011

El último guerrero

MARCOS PRIETO
Desde niño se había acostumbrado a jugar con gente mayor y más fuerte que él. A los 20 años, con sus 1.91 metros de estatura y un buen físico, se había convertido en un base muy combativo, pero esto no fue suficiente para que destacara en el equipo de la Universidad de Alabama, situada a poco más de dos horas en coche de su Montgomery natal. Pese a que solo llegó a disputar dos partidos con la camiseta de la “Crimson Tide” (“marea carmesí”), Ray Johnston aún conservaba en 2001 la esperanza de poder ganarse la vida con el baloncesto.

Con la NBA como un sueño inalcanzable, decidió probar suerte acudiendo al mismo campus que el entonces estelar Stephon Marbury y regresó a casa con el premio al jugador que más duro había trabajado. Un reconocimiento que te puede llenar de orgullo, pero que en este caso no equivalía más que a una generosa palmada en la espalda. Johnston veía como su futuro en el mundo del baloncesto se diluía y, una vez graduado, puso rumbo a Dallas para trabajar como agente hipotecario. Comenzaba así una vida diferente en la que el deporte que había practicado toda su vida pasaba forzosamente a convertirse en una afición que compartía tiempo con su trabajo de oficina y su otra gran distracción, la música.

Johnston se apuntó rápidamente a un gimnasio en el que poder seguir manteniendo la forma. Allí coincidió con exjugadores de los Dallas Cowboys de fútbol americano como Deion Sanders o Michael Irvin, que quedaron sorprendidos por sus habilidades baloncestísticas y le pusieron el sobrenombre de “White Chocolate” (“chocolate blanco”). El contacto con los célebres compañeros de gimnasio y sus agentes le sirvió para hacerse un nombre en Dallas y reavivar su deseo de tener una posibilidad en el baloncesto profesional.

LA GRAN OPORTUNIDAD
Johnston, con los Mavericks en 2004

Johnston siguió jugando duro en ligas y torneos locales hasta que en 2004 surgió una oportunidad inesperada.  Disputando el torneo de 3x3 “Hoop-It-Up” deslumbró a los ojeadores de los Dallas Mavericks con un pase por la espalda y un mate. Su exhibición se tradujo en una invitación a participar en la liga de verano del conjunto tejano, donde convenció a todos mostrándose como un base muy fiable. Los Mavericks veían en él un diamante en bruto que podría ser pulido en Europa, donde acumularía la experiencia necesaria para convertirse definitivamente en un “Mav”.  La oferta estaba sobre la mesa y el general manager, Donnie Nelson, le dio seis semanas para que tomara una decisión mientras continuaba entrenando al máximo nivel.

Con 25 años vivía el sueño de tener su propia camiseta de los Mavericks –con el número 2- y compartir vestuario con Steve Nash, Dirk Nowitzki, Josh Howard y el resto de estrellas de aquel equipo candidato al anillo. Pese a los duros entrenamientos, tampoco renunciaba a jugar partidos informales en el antiguo Signature Athletic Club en los que coincidía con el peculiar propietario de la franquicia tejana, Mark Cuban.  Johnston perdió mucho peso en aquellas semanas pero los atribuyó al desgaste físico, al igual que sus problemas estomacales y unas pequeñas erupciones que habían aparecido en su pecho.

DEL CIELO AL INFIERNO

Era agosto y el calor apretaba en Dallas. El jugador estaba disputando un partidillo improvisado a mediodía cuando un oponente le propinó involuntariamente una patada en la espinilla. Nada serio, aparentemente, a pesar de que la zona había comenzado a inflamarse. A la mañana siguiente el equipo médico de los Mavericks se encargó de realizar una breve intervención de cirugía menor para solventar el problema. Sin embargo, esa misma tarde, bajo la rodilla de Johnston surgió una alarmante acumulación de sangre que hizo saltar las alarmas.    Rápidamente fue trasladado al Presbyterian Hospital, donde los especialistas encontraron a la culpable de aquella extraña reacción en el cuerpo de un joven y hasta entonces sano deportista. Johnston tenía leucemia. Para ser más exactos, un subtipo denominado leucemia promielocítica aguda, un cáncer que ataca y debilita los glóbulos blancos de la sangre.

Johnston y Nowitzki,  MVP de 2007
El jugador se despertó al día siguiente, o eso creía él, porque ya no era agosto sino noviembre.  Había pasado tres meses en un coma inducido durante el que su cuerpo mantuvo una lucha titánica contra un cáncer que se había extendido por 84% de su cuerpo, dañando gravemente su circulación sanguínea. Tan doloroso trance se saldó con dos reanimaciones que podrían ser catalogadas como resurrecciones, fallos graves en pulmones y riñón, coágulos en el cerebro y siete dedos de los pies amputados.
 
Contra todo pronóstico, el cáncer comenzó a remitir dos semanas después de que Johnston despertara del coma. Los Dallas Mavericks, conmovidos con la situación del que estaba llamado a convertirse en uno de los suyos, no dudaron en ofrecer todo su apoyo al jugador, que aún permanecería cuatro meses más ingresado. Las  visitas por parte de miembros del equipo, con Cuban y Nowitzki a la cabeza, no cesaron en ese tiempo. El equipo veía en él un ejemplo de superación y lo convirtieron en su particular foco de inspiración.

Sin embargo, la batalla no había hecho más que comenzar para Johnston, que sufriría hasta cinco recaídas en los seis años siguientes y que actualmente continúa luchando contra una enfermedad que parece estar remitiendo gracias a un tratamiento experimental. El apoyo de sus padres, sus creencias religiosas y su inquebrantable determinación por vencer a la enfermedad le han llevado a reponerse una y otra vez de las innumerables estancias en hospitales, así como de las duras sesiones de quimioterapia.

LA MÚSICA COMO CURA

Pero para seguir contando esta historia es preciso volver a 2004, el año que para Johnston solo tuvo nueve meses.  Apartado ya definitivamente del baloncesto por razones de salud, el ya exjugador decidió retomar la guitarra con la que tantos buenos ratos había pasado desde sus tiempos de instituto. Nunca había recibido clases ni sabía solfeo pero fue su tozudez a la hora de intentar versionear sus temas favoritos – con especial predilección por los de la Dave Matthews Band- la que le convirtió en un guitarrista competente.

En la universidad ya había formado una pequeña banda acústica de rock sureño en la que comenzó a perder el miedo a cantar sobre un escenario pero no sería hasta 2006 cuando se tomaría el asunto más en serio tras conocer al experimentado saxofonista Keith Anderson en un club de jazz. Los conocimientos musicales de Anderson se pusieron al servicio de las ideas  y las letras de Johnston para crear la semilla de lo que en 2009 sería la Ray Johnston Band con la entrada del también reputado teclista de jazz y funk Bobby Sparks.

The Ray Johnston's Band al completo
Con la amenaza de la corta esperanza de vida que le otorgaban los médicos, Johnston decidió que no había más tiempo que perder antes de grabar un disco y salir de gira en las mejores condiciones posibles. Para cumplir su objetivo recurrió a sus viejos amigos de los Mavericks, con los que nunca ha perdido el contacto, y en especial a Cuban. El excéntrico y multimillonario empresario, dueño del canal de televisión HDNet, puso todo de su parte para que el proyecto de un documental sobre la primera gira de la banda y su primer trabajo, “Sweet Tooth”, viera la luz.

Así nacieron los ocho capítulos de “The Ray Johnston Band: Road Diaries”, donde se narra la historia del líder de la banda, así como los pormenores de su primer tour a bordo de un autobús rojo bautizado como “Rosie”. El documental trajo la popularidad a la Ray Johnston’s Band que, en sus dos años vida, ya ha ofrecido numerosos conciertos y ha compartido escenario con nombres de la talla de Prince, Herbie Hancock y Chaka Khan, entre otros.

De acuerdo con la página oficial de la banda, sus conciertos “combinan suaves melodías con explosiones de funk, blues y jazz que acentúan la capacidad de Johnston para contar historias”. Respecto a las letras,  en la misma web se asegura que tocan “temas comunes como el triunfo, la lucha, la familia, el amor, los mensajes de texto, Jesús, el coqueteo, la sonrisa y la perseverancia”.

Johnston no se olvida de quienes están situaciones similares a la suya y por eso las giras de su banda también tienen un importante trasfondo solidario con el apoyo constante a la Ryan Gibson Foundation, una asociación sin ánimo de lucro que recauda fondos para la lucha contra la leucemia en Estados Unidos.

“Es el último guerrero”, afirmó un día Mark Cuban, que siente verdadera devoción por Johnston. “Nunca tiene miedo a luchar y no le importa lo difícil que sea, siempre encuentra el lado positivo”. Sin duda, una acertada sinopsis para la vida de un hombre que nunca renuncia a cumplir sus sueños.





*Este texto ha sido redactado a partir de la infinidad de artículos que se han publicado en Estados Unidos sobre la figura de Ray Johnston y con la intención de dejar constancia en español de esta historia de baloncesto, música y superación. Para conocer más detalles sobre la vida de Ray Johnston puedes acceder a la página web de su The Ray Johnston's Band o visitar el canal de la banda en YouTube. Si estás interesado en colaborar desde España en la lucha contra la leucemia puedes hacerlo a través de diversas asociaciones como, por ejemplo, la Fundación José Carreras o la Fundación Cesare Scariolo. 



29 de agosto de 2011

Del baloncesto a la psicodelia

MARCOS PRIETO
La banda Love posee una importancia capital a la hora de entender la revolución musical que tuvo lugar en la década de los 60. Nunca alcanzaron la repercusión de gigantes de la época como Beatles o  Stones pero su tercer trabajo, Forever Changes (1967 ), ha quedado para la historia como uno de los discos fundamentales del siglo XX.  La Costa Oeste de EE.UU., el amor libre y las drogas fueron el contexto de una banda que sorprendió al mundo a base de psicodelia y talento musical. 

Nada en Love era demasiado común al resto de bandas de la época, comenzando por su condición de grupo multirracial. Ver a un negro al frente de una banda de estética hippie no era algo muy habitual en aquellos años, con la notable excepción de Jimmy Hendrix. Sin embargo, no se puede entender Love sin la espigada figura de su líder y vocalista Arthur Lee (1945-2006). 

Pero Lee no siempre aspiró a convertirse en una estrella del Pop y solo cinco años antes de la publicación del primer y homónimo disco de la banda, en 1960, sus pensamientos estaban centrados en un ámbito completamente diferente. En aquellos tiempos, los estudios de grabación, los instrumentos y los amplificadores no habían sustituido todavía al gimnasio, los balones y las canastas del instituto Dorsey, en Los Ángeles.
  
Arthur Lee, con los Dons de Dorsey en 1961.
El joven y espigado Arthur (nacido Arthur Porter Taylor) aspiraba a vivir del baloncesto profesionalmente y parecía tener condiciones suficientes para conseguir su objetivo, despuntando como un gran anotador y capitaneando a los Dons de Dorsey. Sin embargo, como tantas veces ha sucedido, una desafortunada lesión le iba a obligar a cambiar de planes.

Su enorme curiosidad musical le había hecho comenzar a tocar el acordeón, el piano, el órgano y, finalmente, la guitarra. Además, su principal ocupación había pasado a ser la de escuchar discos y más discos, con especial predilección por los de Nat “King” Cole y Johnny Mathis.  Así, su sueño de jugar algún día en Los Angeles Lakers se transformó en el deseó de firmar por alguna gran discográfica como Capitol Records.

Love nacería en 1965 de la unión de Lee con su amigo del instituto Johnny Echols, guitarrista con quien ya había empezado a tocar dos años antes en The LAGs, una banda instrumental cercana al Rythm and Blues.


La historia de Love y de la figura de Arthur Lee es tan extensa como controvertida. Los escándalos, los cambios en la formación y las luchas de ego -especialmente entre Lee y el guitarrista Bryan MacLean- provocaron que, posiblemente, la banda no alcanzara su techo.

El que fuera batería de la banda en la etapa de los discos Da Capo y Forever Changes, Michael Stuart-Ware,  relaciona en su libro Entre bastidores. De viaje con el grupo Love*  el férreo liderazgo de Lee con su experiencia baloncestística. Según Stuart-Ware, Lee se comportaba con el resto de componentes de la banda como un entrenador que intenta sacar lo mejor de cada uno de sus jugadores.

Todo lo que rodeaba al grupo, empezando por la discográfica Elektra, era visto por el líder de Love como un “equipo rival” al que había que doblegar una y otra vez. Lee no tenía problemas para gritar y reprender a sus compañeros si intuía que no estaban dando lo mejor de sí mismos en los ensayos y en los conciertos. Para él, el talento no bastaba para conseguir el éxito y creía en el trabajo duro como único instrumento para llegar a lo más alto. 

Puede que Arthur Lee nunca llegara a juntar el equipo con el que soñaba o que sus tácticas no fuera las más adecuadas.  Pese a ello, su talento y el de los músicos que le acompañaron a mediados de los 60 han dejado para la posteridad canciones que convierten a Love en un equipo ganador con derecho a figurar entre los más grandes. 






* El libro Entre bastidores. De viaje con el grupo Love de Michael Stuart-Ware fue editado en España por Metropolitan Ediciones SL en 2008.

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