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11 de noviembre de 2011

The Wayman Tisdale Story

Cuando me planteé poner en marcha este blog sobre baloncesto, automáticamente vino a mi mente el nombre del jugador que protagoniza la historia que posiblemente mejor representa lo que deseo transmitir con esta bitácora. Ese nombre es el de Wayman Tisdale, un magnífico jugador, un talentoso músico y, sobre todo, una maravillosa persona que jamás perdió la capacidad de sonreír. Por pura vagancia fui postergando la redacción de esa entrada y dejé paso a otras en las que la unión entre baloncesto y música han tenido gran peso.

Ahora, tres años después de la muerte de Tisdale, Brian Schodorf ha producido y dirigido el documental “The Wayman Tisdale Story”, un recorrido por la vida de un hombre que ganó el oro olímpico representando a Estados Unidos en aquella final de los Los Angeles 84 en la que España sufrió su derrota más dulce.

Todavía no he podido ver el documental para saber si hará innecesario poner en negro sobre blanco lo que en él se narre y si finalmente este humilde blog se quedará sin su entrada sobre Tisdale pero, tras visionar el avance que incluyo aquí debajo, todo indica que por una vez el libro no podrá ser mejor que la película.



Y ya sabéis, si conocéis alguna historia de baloncesto que pueda encajar con la filosofía de “Defensa Ilegal”, no tenéis más que comunicármelo. Se hará lo que se pueda.

21 de octubre de 2011

El último guerrero

MARCOS PRIETO
Desde niño se había acostumbrado a jugar con gente mayor y más fuerte que él. A los 20 años, con sus 1.91 metros de estatura y un buen físico, se había convertido en un base muy combativo, pero esto no fue suficiente para que destacara en el equipo de la Universidad de Alabama, situada a poco más de dos horas en coche de su Montgomery natal. Pese a que solo llegó a disputar dos partidos con la camiseta de la “Crimson Tide” (“marea carmesí”), Ray Johnston aún conservaba en 2001 la esperanza de poder ganarse la vida con el baloncesto.

Con la NBA como un sueño inalcanzable, decidió probar suerte acudiendo al mismo campus que el entonces estelar Stephon Marbury y regresó a casa con el premio al jugador que más duro había trabajado. Un reconocimiento que te puede llenar de orgullo, pero que en este caso no equivalía más que a una generosa palmada en la espalda. Johnston veía como su futuro en el mundo del baloncesto se diluía y, una vez graduado, puso rumbo a Dallas para trabajar como agente hipotecario. Comenzaba así una vida diferente en la que el deporte que había practicado toda su vida pasaba forzosamente a convertirse en una afición que compartía tiempo con su trabajo de oficina y su otra gran distracción, la música.

Johnston se apuntó rápidamente a un gimnasio en el que poder seguir manteniendo la forma. Allí coincidió con exjugadores de los Dallas Cowboys de fútbol americano como Deion Sanders o Michael Irvin, que quedaron sorprendidos por sus habilidades baloncestísticas y le pusieron el sobrenombre de “White Chocolate” (“chocolate blanco”). El contacto con los célebres compañeros de gimnasio y sus agentes le sirvió para hacerse un nombre en Dallas y reavivar su deseo de tener una posibilidad en el baloncesto profesional.

LA GRAN OPORTUNIDAD
Johnston, con los Mavericks en 2004

Johnston siguió jugando duro en ligas y torneos locales hasta que en 2004 surgió una oportunidad inesperada.  Disputando el torneo de 3x3 “Hoop-It-Up” deslumbró a los ojeadores de los Dallas Mavericks con un pase por la espalda y un mate. Su exhibición se tradujo en una invitación a participar en la liga de verano del conjunto tejano, donde convenció a todos mostrándose como un base muy fiable. Los Mavericks veían en él un diamante en bruto que podría ser pulido en Europa, donde acumularía la experiencia necesaria para convertirse definitivamente en un “Mav”.  La oferta estaba sobre la mesa y el general manager, Donnie Nelson, le dio seis semanas para que tomara una decisión mientras continuaba entrenando al máximo nivel.

Con 25 años vivía el sueño de tener su propia camiseta de los Mavericks –con el número 2- y compartir vestuario con Steve Nash, Dirk Nowitzki, Josh Howard y el resto de estrellas de aquel equipo candidato al anillo. Pese a los duros entrenamientos, tampoco renunciaba a jugar partidos informales en el antiguo Signature Athletic Club en los que coincidía con el peculiar propietario de la franquicia tejana, Mark Cuban.  Johnston perdió mucho peso en aquellas semanas pero los atribuyó al desgaste físico, al igual que sus problemas estomacales y unas pequeñas erupciones que habían aparecido en su pecho.

DEL CIELO AL INFIERNO

Era agosto y el calor apretaba en Dallas. El jugador estaba disputando un partidillo improvisado a mediodía cuando un oponente le propinó involuntariamente una patada en la espinilla. Nada serio, aparentemente, a pesar de que la zona había comenzado a inflamarse. A la mañana siguiente el equipo médico de los Mavericks se encargó de realizar una breve intervención de cirugía menor para solventar el problema. Sin embargo, esa misma tarde, bajo la rodilla de Johnston surgió una alarmante acumulación de sangre que hizo saltar las alarmas.    Rápidamente fue trasladado al Presbyterian Hospital, donde los especialistas encontraron a la culpable de aquella extraña reacción en el cuerpo de un joven y hasta entonces sano deportista. Johnston tenía leucemia. Para ser más exactos, un subtipo denominado leucemia promielocítica aguda, un cáncer que ataca y debilita los glóbulos blancos de la sangre.

Johnston y Nowitzki,  MVP de 2007
El jugador se despertó al día siguiente, o eso creía él, porque ya no era agosto sino noviembre.  Había pasado tres meses en un coma inducido durante el que su cuerpo mantuvo una lucha titánica contra un cáncer que se había extendido por 84% de su cuerpo, dañando gravemente su circulación sanguínea. Tan doloroso trance se saldó con dos reanimaciones que podrían ser catalogadas como resurrecciones, fallos graves en pulmones y riñón, coágulos en el cerebro y siete dedos de los pies amputados.
 
Contra todo pronóstico, el cáncer comenzó a remitir dos semanas después de que Johnston despertara del coma. Los Dallas Mavericks, conmovidos con la situación del que estaba llamado a convertirse en uno de los suyos, no dudaron en ofrecer todo su apoyo al jugador, que aún permanecería cuatro meses más ingresado. Las  visitas por parte de miembros del equipo, con Cuban y Nowitzki a la cabeza, no cesaron en ese tiempo. El equipo veía en él un ejemplo de superación y lo convirtieron en su particular foco de inspiración.

Sin embargo, la batalla no había hecho más que comenzar para Johnston, que sufriría hasta cinco recaídas en los seis años siguientes y que actualmente continúa luchando contra una enfermedad que parece estar remitiendo gracias a un tratamiento experimental. El apoyo de sus padres, sus creencias religiosas y su inquebrantable determinación por vencer a la enfermedad le han llevado a reponerse una y otra vez de las innumerables estancias en hospitales, así como de las duras sesiones de quimioterapia.

LA MÚSICA COMO CURA

Pero para seguir contando esta historia es preciso volver a 2004, el año que para Johnston solo tuvo nueve meses.  Apartado ya definitivamente del baloncesto por razones de salud, el ya exjugador decidió retomar la guitarra con la que tantos buenos ratos había pasado desde sus tiempos de instituto. Nunca había recibido clases ni sabía solfeo pero fue su tozudez a la hora de intentar versionear sus temas favoritos – con especial predilección por los de la Dave Matthews Band- la que le convirtió en un guitarrista competente.

En la universidad ya había formado una pequeña banda acústica de rock sureño en la que comenzó a perder el miedo a cantar sobre un escenario pero no sería hasta 2006 cuando se tomaría el asunto más en serio tras conocer al experimentado saxofonista Keith Anderson en un club de jazz. Los conocimientos musicales de Anderson se pusieron al servicio de las ideas  y las letras de Johnston para crear la semilla de lo que en 2009 sería la Ray Johnston Band con la entrada del también reputado teclista de jazz y funk Bobby Sparks.

The Ray Johnston's Band al completo
Con la amenaza de la corta esperanza de vida que le otorgaban los médicos, Johnston decidió que no había más tiempo que perder antes de grabar un disco y salir de gira en las mejores condiciones posibles. Para cumplir su objetivo recurrió a sus viejos amigos de los Mavericks, con los que nunca ha perdido el contacto, y en especial a Cuban. El excéntrico y multimillonario empresario, dueño del canal de televisión HDNet, puso todo de su parte para que el proyecto de un documental sobre la primera gira de la banda y su primer trabajo, “Sweet Tooth”, viera la luz.

Así nacieron los ocho capítulos de “The Ray Johnston Band: Road Diaries”, donde se narra la historia del líder de la banda, así como los pormenores de su primer tour a bordo de un autobús rojo bautizado como “Rosie”. El documental trajo la popularidad a la Ray Johnston’s Band que, en sus dos años vida, ya ha ofrecido numerosos conciertos y ha compartido escenario con nombres de la talla de Prince, Herbie Hancock y Chaka Khan, entre otros.

De acuerdo con la página oficial de la banda, sus conciertos “combinan suaves melodías con explosiones de funk, blues y jazz que acentúan la capacidad de Johnston para contar historias”. Respecto a las letras,  en la misma web se asegura que tocan “temas comunes como el triunfo, la lucha, la familia, el amor, los mensajes de texto, Jesús, el coqueteo, la sonrisa y la perseverancia”.

Johnston no se olvida de quienes están situaciones similares a la suya y por eso las giras de su banda también tienen un importante trasfondo solidario con el apoyo constante a la Ryan Gibson Foundation, una asociación sin ánimo de lucro que recauda fondos para la lucha contra la leucemia en Estados Unidos.

“Es el último guerrero”, afirmó un día Mark Cuban, que siente verdadera devoción por Johnston. “Nunca tiene miedo a luchar y no le importa lo difícil que sea, siempre encuentra el lado positivo”. Sin duda, una acertada sinopsis para la vida de un hombre que nunca renuncia a cumplir sus sueños.





*Este texto ha sido redactado a partir de la infinidad de artículos que se han publicado en Estados Unidos sobre la figura de Ray Johnston y con la intención de dejar constancia en español de esta historia de baloncesto, música y superación. Para conocer más detalles sobre la vida de Ray Johnston puedes acceder a la página web de su The Ray Johnston's Band o visitar el canal de la banda en YouTubeSi estás interesado en colaborar desde España en la lucha contra la leucemia puedes hacerlo a través de diversas asociaciones como, por ejemplo, la Fundación José Carreras o la Fundación Cesare Scariolo. 



29 de agosto de 2011

Del baloncesto a la psicodelia

MARCOS PRIETO
La banda Love posee una importancia capital a la hora de entender la revolución musical que tuvo lugar en la década de los 60. Nunca alcanzaron la repercusión de gigantes de la época como Beatles o  Stones pero su tercer trabajo, Forever Changes (1967 ), ha quedado para la historia como uno de los discos fundamentales del siglo XX.  La Costa Oeste de EE.UU., el amor libre y las drogas fueron el contexto de una banda que sorprendió al mundo a base de psicodelia y talento musical. 

Nada en Love era demasiado común al resto de bandas de la época, comenzando por su condición de grupo multirracial. Ver a un negro al frente de una banda de estética hippie no era algo muy habitual en aquellos años, con la notable excepción de Jimmy Hendrix. Sin embargo, no se puede entender Love sin la espigada figura de su líder y vocalista Arthur Lee (1945-2006). 

Pero Lee no siempre aspiró a convertirse en una estrella del Pop y solo cinco años antes de la publicación del primer y homónimo disco de la banda, en 1960, sus pensamientos estaban centrados en un ámbito completamente diferente. En aquellos tiempos, los estudios de grabación, los instrumentos y los amplificadores no habían sustituido todavía al gimnasio, los balones y las canastas del instituto Dorsey, en Los Ángeles.
  
Arthur Lee, con los Dons de Dorsey en 1961.
El joven y espigado Arthur (nacido Arthur Porter Taylor) aspiraba a vivir del baloncesto profesionalmente y parecía tener condiciones suficientes para conseguir su objetivo, despuntando como un gran anotador y capitaneando a los Dons de Dorsey. Sin embargo, como tantas veces ha sucedido, una desafortunada lesión le iba a obligar a cambiar de planes.

Su enorme curiosidad musical le había hecho comenzar a tocar el acordeón, el piano, el órgano y, finalmente, la guitarra. Además, su principal ocupación había pasado a ser la de escuchar discos y más discos, con especial predilección por los de Nat “King” Cole y Johnny Mathis.  Así, su sueño de jugar algún día en Los Angeles Lakers se transformó en el deseó de firmar por alguna gran discográfica como Capitol Records.

Love nacería en 1965 de la unión de Lee con su amigo del instituto Johnny Echols, guitarrista con quien ya había empezado a tocar dos años antes en The LAGs, una banda instrumental cercana al Rythm and Blues.


La historia de Love y de la figura de Arthur Lee es tan extensa como controvertida. Los escándalos, los cambios en la formación y las luchas de ego -especialmente entre Lee y el guitarrista Bryan MacLean- provocaron que, posiblemente, la banda no alcanzara su techo.

El que fuera batería de la banda en la etapa de los discos Da Capo y Forever Changes, Michael Stuart-Ware,  relaciona en su libro Entre bastidores. De viaje con el grupo Love*  el férreo liderazgo de Lee con su experiencia baloncestística. Según Stuart-Ware, Lee se comportaba con el resto de componentes de la banda como un entrenador que intenta sacar lo mejor de cada uno de sus jugadores.

Todo lo que rodeaba al grupo, empezando por la discográfica Elektra, era visto por el líder de Love como un “equipo rival” al que había que doblegar una y otra vez. Lee no tenía problemas para gritar y reprender a sus compañeros si intuía que no estaban dando lo mejor de sí mismos en los ensayos y en los conciertos. Para él, el talento no bastaba para conseguir el éxito y creía en el trabajo duro como único instrumento para llegar a lo más alto. 

Puede que Arthur Lee nunca llegara a juntar el equipo con el que soñaba o que sus tácticas no fuera las más adecuadas.  Pese a ello, su talento y el de los músicos que le acompañaron a mediados de los 60 han dejado para la posteridad canciones que convierten a Love en un equipo ganador con derecho a figurar entre los más grandes. 






* El libro Entre bastidores. De viaje con el grupo Love de Michael Stuart-Ware fue editado en España por Metropolitan Ediciones SL en 2008.

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